Don Politik

México vuelve a llorar a un político asesinado. Esta vez fue Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, ejecutado frente a cientos de personas durante una festividad que simboliza la vida y la memoria. La paradoja es brutal: lo mataron en el Día de Muertos, como si el país insistiera en recordarse que su historia de sangre sigue sin cerrar.
Cada vez que la violencia se lleva a un servidor público, los discursos se repiten con precisión ritual: condena, indignación, promesas de justicia. Y luego, silencio. La tragedia se diluye entre comunicados y declaraciones vacías. Lo que se repite no es solo la violencia, sino la incapacidad del Estado y de la clase política para aprender de su propia historia.
Una memoria selectiva: identidad sin historia
La política mexicana ha construido una narrativa de identidad —nacionalista, electoral, simbólica—, pero no una de memoria real. Recordamos fechas, no lecciones. Veneramos héroes, pero ignoramos los contextos que los mataron. El asesinato de Carlos Manzo no es un episodio aislado; es la consecuencia de décadas de impunidad, abandono municipal y normalización del miedo. Lo nuevo no es la violencia; lo nuevo es que ya no nos sorprende.
Los políticos olvidan que cada alcalde caído, cada periodista silenciado, cada activista amenazado, es parte de un mismo hilo histórico: la erosión de la autoridad pública y del valor de la vida. Al ignorarlo, están condenados a revivirlo.
El oportunismo en tiempos de tragedia
La muerte de Manzo se convirtió, en cuestión de horas, en material de propaganda. Partidos que nada hicieron por él, ni antes ni después, aprovecharon la desgracia para posicionarse, atacar o victimizarse. La tragedia se volvió insumo de campaña, esa es la miseria moral de una clase política que confunde empatía con marketing y luto con oportunidad.
El oportunismo partidista en momentos de crisis revela una desconexión profunda: mientras la sociedad se estremece, los políticos calculan hashtags, frases y tendencias. Ningún comunicado devolverá la vida a Manzo, pero muchos buscarán votos con su muerte.
Un país enfermo de violencia… y de indiferencia
Sería simplista culpar solo a los gobiernos. La violencia también se alimenta de una cultura social que la tolera, la reproduce y hasta la glorifica. En un país donde millones celebran series de narcotraficantes, donde los memes sustituyen la indignación y donde la vida ajena se trivializa, todos contribuimos —desde nuestra trinchera cotidiana— a este clima de deshumanización.
Como sociedad hemos aprendido a consumir la violencia como entretenimiento. Nos indigna un asesinato, pero olvidamos el siguiente. Reclamamos empatía de los políticos, pero rara vez la practicamos entre ciudadanos. El espejo es incómodo, pero necesario: la violencia política es también reflejo de la violencia social.
La herida que no cierra
México no es un narco-Estado, pero sí un Estado fragmentado, donde la autoridad se mide por la capacidad de sobrevivir. El asesinato de Carlos Manzo desnuda esa fractura: un Estado que aún gobierna, pero ya no controla; una sociedad que aún protesta, pero ya no se conmueve.
La historia no se repite por azar, se repite por olvido. Y mientras la memoria siga siendo una ceremonia sin aprendizaje, seguiremos escribiendo obituarios políticos en lugar de capítulos de justicia.
Carlos Manzo fue asesinado en una celebración de vida. Su muerte nos recuerda que el país que no honra la memoria termina condenado a convivir con su fantasma. No necesitamos más discursos ni condolencias, sino una revolución ética que empiece por reconocer que todos —políticos y ciudadanos— hemos normalizado lo inaceptable.
El reto no es solo exigir justicia, sino reaprender empatía, reconstruir comunidad y rescatar la dignidad del servicio público.
Porque un país que entierra a sus alcaldes, a sus periodistas, a sus activistas y a sus ciudadanos, y olvida sus nombres, deja de ser república y empieza a ser costumbre.
