Don Politik

El asesinato de Carlos Manzo y el vacío ético del discurso político
En la política moderna, gobernar ya no basta. En un país donde la violencia ha normalizado el miedo y las redes sociales dictan el pulso del día, la autoridad ya no solo se mide por lo que hace, sino por lo que dice y cómo lo dice. Gobernar y comunicar son actos distintos: el primero transforma la realidad; el segundo, su comprensión. Pero en México, ambos parecen haberse distorsionado. Se gobierna sin alma y se comunica sin conciencia.
El reciente asesinato de Carlos Manzo, figura política de Guanajuato, volvió a revelar esa fractura: la distancia entre el poder y la empatía, entre el discurso y la humanidad. Lo que debió ser una jornada de duelo y reflexión pública se convirtió en una pasarela de declaraciones vacías, una competencia por el control del relato antes que por la búsqueda de justicia.
El poder que se ejerce y el poder que se percibe
Max Weber definió la legitimidad como la creencia de los gobernados en el derecho del gobernante a mandar. Esa creencia se sostiene —o se derrumba— en la comunicación. Gobernar sin comunicar es como actuar en la oscuridad; comunicar sin gobernar es fabricar espejismos.
El problema es que la comunicación política mexicana se ha vuelto un ejercicio de cálculo, no de conciencia.
Dominique Wolton lo advirtió: “Comunicar no es controlar el mensaje, sino aceptar la confrontación de miradas.” Hoy, los mensajes oficiales y partidistas evaden la confrontación y prefieren la fórmula vacía del oportunismo: condolencias predecibles, frases huecas, indignación de 280 caracteres. Nadie asumió responsabilidad; nadie acompañó el dolor con acción; todos quisieron ser parte del titular.
El espectáculo del poder
Guy Debord habló de “la sociedad del espectáculo”, donde la imagen reemplaza la experiencia. La política mexicana lo ha asumido al pie de la letra: la tragedia se administra como contenido. Los hechos se procesan en gabinete y se publican en redes, sin reflexión ni contexto. El ciudadano ya no escucha promesas; ve escenificaciones.
El asesinato de Carlos Manzo fue un espejo de esa distorsión: mientras la violencia desangra regiones enteras, la clase política parece más preocupada por el encuadre del mensaje que por la profundidad del problema. Se comunica el dolor, pero no se gobierna su causa. Y en ese proceso, el ciudadano —que debería ser el centro de toda política— queda relegado a la periferia de la conversación.
Gobernar como acción, comunicar como vínculo
Hannah Arendt escribió que el poder surge cuando las personas actúan juntas. Gobernar, entonces, no es solo mandar: es construir sentido colectivo. La comunicación debería ser ese puente, el canal por donde el Estado explica, acompaña y escucha. Pero en México, ese puente está fracturado: las instituciones se defienden con comunicados y los partidos con indignación táctica.
Manuel Castells describe el poder como “la capacidad de construir significados”. Hoy, los significados se vacían: “empatía” es tendencia, no convicción; “justicia” es consigna, no proceso. La comunicación política se ha transformado en un espejo que refleja sin entender, una maquinaria que reacciona al instante pero no reflexiona en profundidad.
Pierre Rosanvallon advierte que la legitimidad democrática exige imparcialidad, reflexividad y proximidad. Ninguna de las tres apareció en la reacción política ante el crimen: ni imparcialidad para condenar sin cálculo, ni reflexión para analizar el contexto, ni proximidad para acompañar a la sociedad.
La erosión de la empatía
Norberto Bobbio escribió que “la transparencia es la forma moderna de la virtud política”. Hoy podríamos agregar que la empatía es su contenido humano. La crisis no es solo de seguridad ni de comunicación: es de sensibilidad.
Un Estado que no siente, no comunica; y un gobierno que no comunica con empatía, deja de ser referente moral para su pueblo.
El asesinato de Carlos Manzo debería habernos recordado que la comunicación pública no es un trámite institucional ni un gesto electoral: es un deber ético. El silencio o la superficialidad ante la tragedia no solo lastiman la memoria de las víctimas, sino la legitimidad misma del poder.
Así pues, gobernar sigue siendo el arte de decidir; comunicar, el arte de dar sentido; pero ambos, sin ética ni empatía, se vuelven simulacro.
Gobernar sin comunicar es tecnocracia muda, comunicar sin gobernar es populismo vacío. Pero comunicar sin alma —como ocurrió tras la muerte de Carlos Manzo— es el signo más claro de una política que ha perdido su humanidad.
La política mexicana necesita recuperar la voz que escucha, el discurso que acompaña y la comunicación que dignifica. Porque al final, no hay mensaje más poderoso que el de un gobierno que sabe sentir.
