Por: Don Politik

El asesinato de Carlos Manzo no solo representa una tragedia humana y política, sino el reflejo más nítido del fracaso de un Estado que ha perdido la capacidad de proteger incluso a quienes representan el poder público. La narrativa oficial, en lugar de ofrecer empatía y firmeza, se hundió en la torpeza comunicativa: ¿de qué sirve tener quince escoltas si aun así te matan? Si eso ocurre con un político bajo resguardo, ¿qué puede esperar el ciudadano de a pie que vive en comunidades sin patrullas, sin ministerios públicos eficientes y con miedo a denunciar?
La federación respondió tarde, mal y sin rumbo. Las declaraciones carecieron de sensibilidad y de autocrítica. La comunicación política del gobierno federal, en lugar de asumir el costo de la inseguridad, buscó nuevamente desplazar el tema. El resultado fue un mensaje vacío, que revictimizó y dejó la sensación de que la vida —incluso la de un político— es desechable en este país.
Te Recordamos: Gobernar no es comunicar, pero sin comunicar no se gobierna
Mientras tanto, otro episodio ocupó la atención la conversación pública: el acoso a la presidenta Claudia Sheinbaum durante una caminata en el centro histórico de la CDMX. Lo que debía provocar reflexión sobre la violencia cotidiana que enfrentan las mujeres, fue convertido por sus operadores en un recurso de distracción y un mecanismo para polarizar el debate. En lugar de reconocer que el hecho exhibe la precariedad de la seguridad, incluso para la Jefa de Estado, el morenismo prefirió usarlo como cortina de humo ante la indignación por el asesinato de Manzo.
Ambos hechos —la ejecución de un político y el acoso a la mandataria— comparten un mismo trasfondo: la descomposición del discurso político y la pérdida total del sentido estratégico de la comunicación. Hoy los mensajes públicos ya no buscan orientar ni dar certeza; buscan alimentar egos, legitimar grupos y crear enemigos útiles. Se ha sustituido la empatía por la soberbia, y la verdad por el espectáculo.
La clase política mexicana —sin importar colores— parece haber encontrado en el silencio cómplice y en los acuerdos soterrados su zona de confort. Las alianzas informales entre partidos y políticos perpetúan la impunidad: todos se cubren, todos se protegen, todos se necesitan. Y mientras las élites pactan, el país se desangra.
La violencia ya no distingue entre adversarios o aliados, entre hombres o mujeres, entre figuras o ciudadanos. Pero la comunicación política gubernamental sigue actuando como si bastara con hashtags y discursos vacíos para contener una crisis de legitimidad que crece cada día.
Hoy México no necesita más spots, ni más mensajes prefabricados. Necesita una narrativa pública honesta, capaz de reconocer errores, ofrecer empatía y reconstruir confianza.
Sin comunicación responsable, no hay gobernabilidad posible. Y sin verdad, la política seguirá siendo solo el eco hueco de una clase dirigente que habla mucho… pero escucha nada.
