Por: Don Politik

En la política mexicana los símbolos pesan tanto como los hechos. El miércoles, en el Senado, durante la entonación del Himno Nacional, Alejandro “Alito” Moreno (senador y dirigente nacional del PRI) y Gerardo Fernández Noroña (PT y presidente de la Mesa Directiva del Congreso de la Unión) protagonizaron un pleito que escaló de la confrontación verbal a los empujones y golpes. La imagen corrió como pólvora: un líder opositor agrediendo físicamente al presidente de la Mesa Directiva en el momento solemne que debería representar unidad.
La escena no es inédita. México arrastra una larga historia de zafarranchos parlamentarios: la toma de tribuna en 2006 para impedir la protesta de Calderón, la ocupación del Senado en 2008 contra la reforma energética, los choques de 2013 durante la discusión de la misma materia, o los empujones recientes por fideicomisos y reformas fiscales. En todos los casos, la fórmula se repite: la minoría busca visibilidad rompiendo el orden legislativo; la mayoría responde con sanciones que rara vez trascienden lo simbólico.
Lo ocurrido ayer, sin embargo, tiene un peso particular. Primero, porque ocurrió en el Senado, cámara tradicionalmente más contenida que la de Diputados. Segundo, porque el contexto era explosivo: el debate sobre la eventual participación militar de Estados Unidos en el combate a los cárteles. Y tercero, porque sucedió durante el Himno, convirtiéndose en una afrenta no sólo al protocolo legislativo, sino al imaginario cívico.
El episodio es también un espejo de la polarización que atraviesa a México. De un lado, el oficialismo encuadra el hecho como prueba de que la oposición carece de argumentos y sólo recurre a la violencia. Del otro, la oposición acusa censura y autoritarismo de la mayoría que controla la Mesa Directiva. En ambos bandos, la lógica es la misma: reforzar el relato amigo/enemigo que domina el discurso político desde hace más de un lustro.
La pregunta de fondo es qué gana la democracia mexicana con estos choques. La respuesta, casi siempre, es poco o nada. La sociedad ve a su Congreso convertido en espectáculo, los medios amplifican las imágenes más violentas, y la discusión de fondo —cómo enfrentar la violencia criminal y qué papel debe tener la cooperación internacional— queda sepultada bajo los reflectores del escándalo.
Rumbo a 2027, episodios como este no son anécdotas, sino adelantos. El país se encamina a una elección marcada por la confrontación, donde cada golpe en tribuna se traducirá en un spot y cada empujón en un posteo en las redes socio digitales. La polarización no sólo divide a partidos, sino que se filtra en la vida cotidiana, donde la política se percibe como lucha encarnizada y no como construcción colectiva.
El pleito entre Alito y Noroña será recordado como una fotografía incómoda: la de un país que canta su Himno mientras sus representantes se agreden. Una metáfora de que la unidad nacional, tantas veces invocada, sigue siendo más aspiración que realidad.