Por: Don Politik

La política mexicana atraviesa un vacío de contenido. Cada vez más, quienes ocupan el poder privilegian la visibilidad por encima de la efectividad, el espectáculo por encima de la gestión. El cargo se reduce a una narrativa instantánea en redes sociales, a la lógica de “yo estuve ahí” como si gobernar fuera posar.
Esta banalidad se ha normalizado. Ya no hablamos solo de corrupción o de oportunismo, sino de una clase política atrapada en el ego y la vanidad, que gobierna con slogans y selfies mientras evade lo esencial: resultados tangibles. El dato es brutal: entre 2020 y 2023, el INAI documentó que 73% de los comunicados oficiales carecieron de indicadores verificables. El poder se volvió espuma.
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Las consecuencias son visibles. La primera víctima es la confianza ciudadana: apenas 23% de los mexicanos confía en el Congreso y solo 19% en los partidos políticos, según Latinobarómetro 2023. La segunda es la política pública: en 2023 se destinaron 8,300 millones de pesos a comunicación social, mientras que los refugios para mujeres víctimas de violencia recibieron apenas 405 millones. Por cada peso invertido en protección real, se gastaron veinte en maquillaje mediático. La banalidad no solo vacía el discurso: también cuesta vidas y oportunidades.
Las raíces de este fenómeno son claras. El cortoplacismo electoral obliga a buscar aplausos inmediatos en lugar de planeación seria, y los algoritmos de redes sociales refuerzan esa lógica premiando la foto superficial y castigando la gestión de fondo. A esto se suma la opacidad institucional: 52% de los contratos federales entre 2020 y 2023 fueron adjudicados de manera directa, según el IMCO. Y detrás late una cultura patrimonialista que concibe el poder como negocio personal antes que como servicio público. No son errores aislados, sino un sistema que reproduce la vanidad y la banalidad como forma de supervivencia política.
El dilema es claro. Si la política sigue atrapada en el ego y la banalidad, crecerán la desafección y el abstencionismo; la democracia se convertirá en un ritual vacío, y la corrupción seguirá encontrando campo fértil en la distracción mediática. El otro camino, más exigente pero urgente, es invertir la lógica: menos ego y más evidencia, menos espectáculo y más resultados. Gobernar con datos, escuchar con seriedad y rendir cuentas con transparencia.
Porque el poder que no sirve, estorba. Y el poder banal no solo estorba: degrada. Convierte la política en un circo con muchos espejos, pero sin soluciones.
